El blanco lienzo se mostraba ante el artista como lo que era, la pureza infinita antes de ser mancillada con los colores que en su paleta se encontraban, pero era necesario hacerlo puesto que la imagen que preservaría ese lienzo durante muchos años sería la de una dama, la misma que se encontraba sentada a unos metros del artista y miraba hacia un punto que le había llamado la atención al parecer. Con delicadeza la mano del creador de tal obra de arte futura comenzó a hacer los trazos en carboncillo, preparando las facciones y el bosquejo principal para poder realizar luego la pintura en sí, captando las emociones presentes en el rostro de la bellísima dama frente a él y que tanto le causaba curiosidad.
Sus rostro era como la más fina de seda a la vista, su piel blanca como el algodón más puro era lo más atrayente en el momento en que los ojos de uno se posaba sobre ella por primera vez, pero lo más curioso era el color rojo carmesí de sus labios y el verde profundo de sus ojos, junto con su cabellera larga y sedosa colora azabache, toda una rareza. Su mirada seguía perdida en un punto del salón en el cual se llevaba a cabo el retrato de su imagen para la eternidad, o eso era lo que ella consideraba, pero su mente estaba más lejos de lo que cualquiera podría notarlo y solo sus pensamientos se arremolinaban en ella misma, causando estragos internos que en la superficie no eran notables por ningún gesto alguno.
El artista siguió con su obra, dejando de lado el carboncillo comenzó con la paleta de colores a delinear los vivos colores del retrato a pesar de la sombría situación del salón, iluminado solamente por velas y candelabros, mientras el silencioso paso del pincel por el lienzo era prácticamente lo único que se podía escuchar, puesto que ni la respiración se oía mientras el tiempo pasaba sin piedad. La doncella no podía alejar de sus pensamientos aquellas duras palabras, aquellos hechos que habían marcado su vida de tal forma que se sentía desfallecer y solo podía seguir aparentando la sonrisa en su rostro ante todos en su castillo, para evitar levantar la mínima sospecha que pudiera causar más sufrimiento.
La pintura sobre el lienzo tomaba forma, haciendo justicia como podía a tan bella y distinguida dama, quien no cambiaba su expresión, lo cual causó cierta sorpresa al pintor pues era generalmente un alma alegre, una sonrisa no salía de sus labios desde que habían cerrado las puertas y los habían dejado solos, pero no lograba reunir el coraje para preguntar, no era su lugar. Con las horas que pasaban en silencio, solo las sombras creadas por el fuego de las velas lograba hacer compañía a las dos personas, tanto pintor como modelo de aquel retrato que finalmente estaba tomando la forma que sería observada por años y años.
Con un poco más de tiempo mientras que las sombras los acompañaban y se escuchaban ciertos goteos de la cera de la vela al caer al suelo de mármol negro que cubría la habitación, el retrato estuvo listo para ser observado por tan bella y graciosa modelo, así como dueña ahora del mismo, pero en vez de levantarse y dirigirse hacia el cuadro para darle una mirada, la joven se puso de pie dirigiéndose a la puerta. El artista sorprendido no dijo palabra alguna, simplemente la dejó marchar pensando que tenía algún motivo personal y que luego vería el retrato, pero la verdad era que ese retrato nunca sería observado por nadie, fue envuelto en seda y guardado en una torre, volviéndose una curiosidad que no sería develada en un momento cercano.
jueves, 26 de enero de 2012
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