Un evento extraordinario ocurriría en unos días más y estaba obligada a brindar tal regalo, necesitaba demostrar su verdadero compromiso a pesar de haber pagado por años con su más mortal lealtad, sentía que esto era algo que no tendría comparación alguna con todas sus misiones previas, completadas a la perfección. La segunda luna llena consecutiva en un periodo de treinta días se daría por segunda vez, el último día del octavo mes del año, y aquellos ignorantes a este fabuloso hecho serían los frustrados, pues la obtención de aquella joya tan rara en este mundo y los otros sólo se dejaba ver con cinco días de anticipación a este evento tan particular.
Su corcel la llevó directamente a aquella cueva en la montaña más remota y allí, en ese punto, bajo la luz de una antorcha empezaba realmente su viaje a lo más profundo de la tierra, pues era en aquel lugar de oscuridad donde se encontraba la más preciada joya que se pudiera desear y que sólo en leyendas era encontrada, pero aún así, era muy vaga su descripción. A medida que bajaba por las escaleras de piedra en forma de espiral, su mente daba vueltas alrededor de las miles de leyendas que había escuchado sobre la criatura que guardaba aquel tesoro de incalculable valor, pero no para aquellos que buscaban aprovecharse monetariamente del mismo pues intentarlo simplemente causaría su destrucción.
-Detenga sus pasos – Salió de sus pensamientos en segundos cuando la luz de su antorcha iluminó a un hombre fornido que se encontraba frente a ella, observó a su alrededor y notó que habían otros dos hombres más del mismo estilo que el primero y sus miradas estaban todas clavadas en ella pero eso no la hizo retroceder – No hay nada que ver aquí señorita, retome sus pasos en dirección opuesta y vuelva de donde vino – Uno de ellos dijo con seriedad pero era ridículo, teniendo la experiencia de tantas misiones sabía que de no haber un tesoro escondido siguiendo las escaleras que se encontraban detrás del hombre más fornido de todos, no estarían tres de ellos custodiando el camino.
Sin mediar palabra dejó caer la capa que cubría su cuerpo dejando a la vista sus largas piernas, cubiertas a penas por una medias negras que llegaban casi a sus rodillas, complementando eso con zapatos de tacón negros y que definitivamente a cualquier otra mujer la harían perder el equilibrio, sin embargo a ella sólo le ayudaban a verse mucho más elegante cuando cumplía su deber. La vista de los hombres, sin embargo, se quedó clavada más bien en el escote de su camisa blanca que apretaba sus pechos, así como la faldita con vuelo que llegaba tan solo a medio muslo y a la altura de la cual llegaba el largo de sus cabellos negros sujetados en dos coletas a los lados de su cabeza.
Se acomodó las ligeras gafas transparentes que tenía puestas y sonrió como si todo fuese muy pero muy divertido para ella, esto empezaba a ser divertido, por lo tanto dio unos pasos al frente pero los hombres volvieron a sus miradas serias – Deténgase señorita – Como si no los pudiera escuchar dio otro paso más acercándose al fortachón que custodiaba las escaleras y como era de esperar uno de los otros intentó sujetarla pero se escuchó un silbido suave y firme para luego ver como la cabeza de aquel hombre rodaba al suelo con su cuerpo cayendo inerte, sin vida - ¿Qué demonios? – Jadeó uno de ellos asombrado para luego mirar a la joven que ahora sostenía en sus manos una preciosa espada, tan fina como una hoja de papel y tan letal como acababan de comprobar, con una sonrisa maligna en sus labios levantando la vista hacia ambos.
Unas horas después, antorcha en mano y la espada ensangrentada en la otra subía las escaleras una figura fantasmagórica salía de aquellas profundidades, un ser casi sin vida que parecía haber entregado su mismísima alma y cuerpo a los seres más abominables que la imaginación de un mortal no sería capaz de captar en eras. Subió al corcel que como perseguido por la mismísima Muerte galopó por el camino, mientras su jinete simplemente se dejaba guiar por el instinto del animal quien había recorrido esas tierras tantas veces que tenía grabado en su cerebro el mapa para llegar a su objetivo sin problemas.
Las grandes paredes de piedra los recibieron en silencio, a las rejas estas se levantaron y accedieron al interior de aquella fortaleza que pocas veces era vista como tal, puesto que se la consideraba territorio prohibido, un lugar donde sólo el placer, la lujuria y el dolor reinaban, y era por ello que generalmente las personas se mantenían alejados de sus alrededores. El corcel se detuvo antes de las escalinatas de mármol a las cuales bajó su jinete, la espada enfundada en su montura fue dejada y caminó con las fuerzas que le quedaban en dirección al salón principal, donde seguramente Él estaría esperando.
Con un silencio sepulcral las grandes puertas de roble adornadas con plata y oro se abrieron dando paso al salón principal, un lugar demasiado sencillo pero lujoso al mismo tiempo y en cuyo mismísimo centro se encontraba un trono de lo más particular, tanto que sólo el dueño del mismo podía sentarse en él y si alguna vez tenía la suerte de complacerlo, tendría el honor de poder sentarse junto al mismo. En pocas palabras lo que se veía era el lujo pero al mismo tiempo la humildad de aquel ser que a pesar de haber logrado amasar la fortuna que tenía, se consideraba a sí mismo un hombre humilde, servidor y caballero; lo cual sin duda alguna vivía para demostrar que lo era y así sería siempre hasta el fin de los días, puesto que intentaba probar lo que aquellos que le servían ya sabían.
Se dejó caer de rodillas frente a su Señor, su falda estaba totalmente destrozada, como si garras la hubieran reducido a meros retazos de lo que solía ser una hermosa falda con vuelo de colores rojo y negro, sus medias no había sufrido menos y su camisa, manchada con sangre aún se mantenía en pie contra su cuerpo – Mi Amo – Fueron las palabras que dejaron sus labios sin levantar la mirada del piso, desdobló con cuidado el pedazo de su capa que había usado para ocultar lo que había obtenido en aquella cueva y levantó sus brazos que temblaban hacia Él, aun manteniendo la mirada en el piso como buena sierva de su Señor.
En sus manos se encontraba una hermosa rosa totalmente abierta, más grande que cualquier otra que haya podido ser vista en el mundo de los hombres y mucho más maravillosa de lo que cualquiera podría ser capaz de averiguar. Esperó con paciencia unos momentos mientras estaba segura que su amo estaría observando aquel detalle pero sabía que había algo particular acerca de esa rosa y sin levantar la vista habló – Una ofrenda por la natividad de mi Amo y Señor… esta rosa que parece ser simplemente una rosa de gran tamaño es uno de los dones de la madre Gaia que se ven con extrema rareza puesto que en cinco días más esta flor dejará de ser como la veis ahora para convertirse en la joya más anhelada por poetas y otros quienes anhelan y desean lo exquisito…
Sabía que tal vez su amo estaría algo sorprendido por su actuación en esta situación, en esta fecha pero bien ella sabía que este regalo, esta ofrenda, sería de más valor cuando hubiesen pasado los siguientes cinco días que hacían falta para que la luna cumpliera con su ciclo de nuevo y la rosa se volviera la razón por la cual había arriesgado su vida – Permítame mi Señor, ofreceros ahora esta rosa bañada en sangre y al mismo tiempo la cuidaré hasta que en cinco días más usted tenga el mayor tesoro que nadie podría aspirar a tener y más leyendas habrán de hablar de caballero lobo y su gran e incalculable tesoro.
Continuará...