miércoles, 12 de octubre de 2011

Sangre y Risas

Caminó tambaleante por los pasillos, los pisos de mármol blanco parecían no llevarla a ningún lugar y las paredes bañadas por la luz de la luna llena que se colaba por algunas de las ventanas tampoco ayudaban a su sentido de la dirección. Miró hacia abajo, solo un camisón de seda cubría su cuerpo, sus pies desnudos en el frío de la noche no la hicieron sentir que algo estaba fuera de lugar, pero la sensación de miedo o espanto que la hizo voltear le pareció algo irracional, puesto que se encontraba sola y no corría peligro alguno en su propio castillo.

El miedo siguió en su rostro a la vez que la mirada bajaba al piso, pues detrás de ella unas extrañas huellas seguían sus pasos, o más bien, eran sus propios pasos pero ella no podía notar nada en las plantas de sus pies que pudieran hacer tales marcas, hasta que los observó un poco mejor. El horror de lo que su vista le demostraba era algo que no tenía precio, sangre, ese elixir que corre por las venas de cualquiera que habita esta Tierra y sus pies estaban pintados de aquello dejando a su paso marcas distintivas.

Lágrimas comenzaron a caer de sus ojos pasando por sus mejillas hasta caer de su rostro hacia el piso, mezclándose lentamente con la sangre que ya se encontraba en el mismo, bajo sus pies y sus manos cubrieron rápidamente lo que se consideraría su vergüenza o tristeza o tal vez algo que no se sabría definir con palabras. Los sollozos acompañaron a aquellas perlas de agua que brotaban de sus ojos con persistencia como si no tuvieran intenciones de detenerse nunca jamás, por un momento tuvo que guardar más silencio puesto que creyó que alguien se acercaba pero no era así y siguió en esa posición por un rato más.

Unos pasos silenciosos se acercaron, más bien parecía un sonido rastrero extendido por los pasillos desiertos de aquel imponente castillo, cuando aquello se detuvo el sollozo de la bella dama se fue convirtiendo levemente en una leve risa que fue creciendo en tamaño e intensidad hasta convertirse en una carcajada. Cualquiera que la viera o conociera diría que perdió la cordura pero no era así, simplemente por primera vez en su vida, podía liberarse de las cadenas que la habían oprimido durante tanto tiempo, amarrándola a una farsa que ya no soportaba llevar al igual que una máscara ante la sociedad que no le hacía justicia.

Con un estruendo las luces se encendieron en el corredor donde ella se encontraba, su ropa de noche había sido convertida en un precioso vestido rojo con detalles en oro y plata que acentuaban su figura de formas que no podrían ser descritas con facilidad para los mortales, finalmente era libre. La rastrera criatura que la había estado siguiendo subió hasta su cintura para convertirse en un cinturón de oro cuyo broche era al mismo tiempo aterrador e imposible de alejar los ojos de él, por su rareza.

Una copa apareció en su mano izquierda, de oro la muy maldita y con una sonrisa en su rostro acercó la misma para tomar solo por un instante un respiro de la misma, el aroma era extraño para muchos, delicioso para la dama - La mejor cosecha en cien años - Fueron las palabras que salieron de sus labios antes de beberse el contenido de la copa y caminar en dirección a sus aposentos donde la esperaba el descanso que tanto anhelaba, puesto que dormiría por un par de días o tal vez meses hasta que tuviera de nuevo esa necesidad que la carcomía por dentro y tuviera que volver a llenar aquella copa de oro.

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